Amalia
Amalia —Sí, señor; es preciso hallarlo, porque una vez que la mano del gobierno toque la ropa de un unitario, es necesario que el unitario no pueda decir que la mano del gobierno no sabe apretar. En estos casos, la cantidad de hombres poco importa; tanto mal hace a mi gobierno un hombre solo que se burle de él, como doscientos, como mil.
—Vuecelencia tiene mucha razón.
—Sé bien que la tengo. Además, según la relación que se me ha hecho, el unitario que se ha escapado ha peleado, y lo que es más, ha recibido protección de alguien; la una como la otra cosa no deben suceder, no quiero absolutamente que sucedan. ¿Sabe usted por qué ha estado el país siempre en anarquía? Porque cada uno sacaba el sable para pelear con el gobierno el día que se le antojaba. ¡Pobre de usted, y pobres de todos los federales, si yo doy lugar a que los unitarios los peleen cuando van a cumplir una orden mía!
—¡Es un caso nuevo! —dijo Victorica que, en realidad, comprendía bien toda la importancia futura de las reflexiones de Rosas, y del suceso acaecido esa noche.
—Es nuevo; y es por eso necesario prestarle atención, porque en el estado actual yo no quiero que haya más novedades que las mías. Es nuevo, pero antes de mucho tiempo podrá ser viejo, si no se hace pronto un ejemplar.