Amalia
Amalia —¿Vino el inglés? —preguntó Rosas a su edecán, viéndole entrar.
—Ahí está, Excelentísimo señor.
—¿Qué hacía cuando llegó usted?
—Iba a acostarse.
—¿La puerta de la calle estaba abierta?
—No, señor.
—¿Abrieron en cuanto se dio usted a conocer?
—Al momento.
—¿Se sorprendió el gringo?
—Me parece que sí.
—¡Me parece! ¿Para qué diablos le sirven a usted los ojos?… ¿Preguntó algo?
—Nada. Oyó el recado de Vuestra Excelencia y mandó aprontar su caballo.
—Que entre.
El personaje que va a ser conocido del lector es uno de esos que, en cuanto a su egoísmo inglés, presenta con frecuencia la diplomacia británica en todas partes, pero que, respecto al olvido de su representación pública y de su dignidad de hombre, sólo se pueden encontrar en una sociedad cuyo gobierno sea parecido al de Rosas, y como esto último no es posible, se puede decir entonces, que sólo se encuentran en Buenos Aires.
