Amalia
Amalia Lynch, Maisson, Oliden, rodando por el suelo, ensangrentados y aturdidos bajo las herraduras de los caballos, se sienten pronto asidos por los cabellos, y que el filo del cuchillo busca la garganta de cada uno, al influjo de una voz aguda e imperante, que blasfemaba, insultaba y ordenaba allí: ¡los infelices se revuelcan, forcejean, gritan; llevan sus manos, hechas pedazos ya, a su garganta para defenderla!… ¡todo es en vano!… El cuchillo mutila las manos, los dedos caen, el cuello es abierto a grandes tajos; y en los borbollones de la sangre se escapa el alma de las víctimas a pedir a Dios la justicia debida a su martirio.
Y, entretanto que los asesinos se desmontan y se apiñan en derredor de los cadáveres para robarles las alhajas y dinero, entretanto que nadie se ve ni se entiende en la oscuridad y confusión de esta escena espantosa, a cien pasos de ella se encuentra un pequeño grupo de hombres que, cual un solo cuerpo expansivamente elástico, tomaba, en cada segundo de tiempo, formas, extensión y proporciones diferentes: era Eduardo que se batía con cuatro de los asesinos.