Amalia
Amalia Apenas doña Marcelina estuvo fuera de la sala, cuando Fermín introdujo al hombre del paseo matinal, en el gabinete de su señor.
Con el sombrero en la mano izquierda y la caña de la India en la derecha, entró con paso magistral, poniendo luego sombrero y bastón en una silla, y dirigiéndose a Daniel con la mano estirada.
—Buenos días, mi Daniel querido y estimado. Por ser el día en que más he necesitado hablarte, parece que se me han puesto mayores dificultades para conseguirlo, ¡a mí, a tu primer maestro! Pero, en fin, ya estoy a tu lado, y, con tu permiso, me siento.
—Sabe usted, señor, que yo me levanto tarde generalmente.
—Siempre tuviste esa costumbre «intrínseca», ese instinto innato; más de una vez te puse en penitencia severa por haber faltado a las horas improrrogables de clase.
—Y con todas las penitencias, no logró usted enseñarme a escribir, que es lo peor que pudo sucederme, mi querido señor Don Cándido.
—De lo que yo me lisonjeo mucho.
—¡Es posible! Mil gracias, señor.
