Amalia

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El hombre, enviado por la Providencia, al parecer, no lo persigue ni un solo paso, se vuelve a aquel grupo de heridos y cadáveres en cuyo centro se encontraba Eduardo.

El nombre de éste es pronunciado luego por el desconocido con toda la expresión del cariño y de la incertidumbre. Toma entre sus brazos el cuerpo del asesino que había caído sobre Eduardo, lo suspende, lo separa de él, e hincando una rodilla en tierra suspende el cuerpo del joven y reclina su cabeza contra su pecho.

—¡Todavía vive! —dice, después de haber sentido su respiración; su mano toma la de Eduardo, y una leve presión le hace conocer que vive, y que le ha conocido.

Sin vacilar alza entonces la cabeza, gira sus ojos con inquietud; se levanta luego, toma a Eduardo por la cintura con el brazo izquierdo, y cargándole al hombro, marcha hacia la próxima barranca, en que estaba situada la casa del señor Mandeville.

Su marcha segura y fácil hace conocer que aquellos parajes no eran extraños a su planta.

—¡Ah! —exclama de repente—, apenas faltará media cuadra y… tengo que descansar porque… —y el cuerpo de Eduardo se le escurre de los brazos entre la sangre que a los dos cubría—. ¡Eduardo! —le dice poniéndole sus labios en el oído—; ¡Eduardo! Soy yo, Daniel, tu amigo, tu compañero, tu hermano Daniel.


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