Amalia
Amalia Pocos minutos faltaban para que el gran reloj del Cabildo marcase las dos horas de la tarde, cuando Daniel Bello dejó la casa del señor ministro de Relaciones Exteriores, don Felipe Arana, en la calle de Representantes[59], por la cual siguió en dirección al Sur, hasta encontrarse con la calle de Venezuela, que cruza la ciudad de Este a Oeste, y doblando por ella en dirección al Bajo, caminó hasta la calle de la Reconquista.
Daniel no había adelantado nada en aquella visita sobre lo que hacía relación con su amigo Eduardo, o más bien, mucho había ganado en contentamiento desde que se impuso de que el señor ministro Arana no sabía una palabra de los sucesos de la noche anterior, aun cuando, al llegar Daniel, el señor ministro venía de dejar la casa de Su Excelencia el gobernador, y puesto de su parte todos los medios que estaban a su alcance para saber, antes que Victorica, lo que había ocurrido en el Bajo de la Residencia, según las propias palabras del señor ministro.
Y era esto precisamente cuanto Daniel deseaba sobre todo lo demás, es decir, una ignorancia completa, o una confusión de relaciones en todos aquellos a quienes se había dirigido, y cuyos informes debía recoger en el resto de ese día.
