Amalia
Amalia —¡Quieto, caballero! —dijo la joven sin moverse de su puesto, y alzando su cabeza y extendiendo su brazo hacia Daniel, que casi tocaba con sus labios la palma de la linda mano de su amada.
Pero fue tal la dignidad y la resolución que acompañaron la palabra y acción de la señorita Dupasquier, que Daniel quedó como clavado en el lugar que pisaba. Y en seguida retrocedió algunos pasos, y afirmó su brazo izquierdo sobre el respaldo de una silla, mientras Florencia apoyaba su mano sobre la mesa redonda.
Los dos amantes se estuvieron mirando algunos segundos, creyendo tener cada uno el derecho de esperar explicaciones. La escena empezaba a cambiar.
—Creo, señorita —dijo Daniel, rompiendo el silencio—, que si he perdido la estimación de usted, a lo menos me queda el derecho de preguntar por la causa de esa desgracia.
—Y yo, señor, si no tengo el derecho, tendré la arbitrariedad de no responder a esa pregunta —repuso Florencia, con esa altanería regia que es una peculiaridad de las mujeres delicadas cuando están, o creen estar, ofendidas por su amado, mientras poseen la conciencia de no tener él nada que reprocharlas.