Amalia

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—No sé; pero aquí, aquí siento dolores terribles —dice Eduardo tomando la mano de Daniel y llevándola a su hombro derecho y a su muslo izquierdo.

Daniel respira entonces con libertad.

—Si solamente estás herido ahí —dice—, no es nada, mi querido Eduardo —oprimiéndolo con sus brazos con toda la efusión de quien acaba de salir felizmente de una incertidumbre penosa; pero a la presión de sus brazos, Eduardo exhala un ¡ay!, agudo y dolorido.

—Debo estar también…, sí…, estoy herido aquí —dice llevando la mano de Daniel a su costado izquierdo—; pero sobre todo, el muslo…, el muslo me hace sufrir horriblemente.

—Espera —dice Daniel, sacando un pañuelo de su bolsillo, con el cual venda fuertemente el muslo herido—. Esto, a lo menos —continúa—, podrá contener algo la hemorragia; ahora venga la cintura: ¿es aquí donde sientes la herida?

—Sí.

—Entonces… aquí está mi corbata —y con ella oprime fuertemente el pecho de su amigo.


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