Amalia
Amalia —¿Qué hay, qué le pasa a usted, señor Don Cándido? —le preguntó al fin Daniel, alarmado de la palidez de su semblante.
—Es una cosa horrible, bárbara, atroz, sin ejemplo en los anales del crimen.
—Señor, estamos en un camino público, dígame usted lo que quiere, pero que sea pronto.
—¿Recuerdas del bueno, del noble y generoso hijo de mi antigua y hacendosa sirvienta?
—Sí.
—Recuerdas que vino anoche y…
—Sí, sí, ¿qué le ha sucedido al hijo?
—Lo han fusilado, mi Daniel querido y estimado, lo han fusilado.
—¿A qué hora?
—A las siete. Tan luego como se supo que había salido anoche de casa del gobernador. Temieron, sin duda…
—Que revelase o que hubiera revelado lo que sabía; le ahorro a usted las palabras.
—Pero yo estoy perdido, sentenciado. ¿Qué hago, mi Daniel querido? ¿Qué hago?
—Preparar sus plumas para entrar mañana a ocupar el empleo de copista privado del señor ministro de Relaciones Exteriores.
—¿Yo, Daniel? —y en su arrebato de alegría Don Cándido llenó de besos la mano de su discípulo.