Amalia
Amalia —¡Vaya, pues! —prosiguió Luisa—, cuando salí al patio, fui, como me ha ordenado usted que lo haga todas las mañanas, a preguntar al criado cómo se hallaba su señor; pero ni el uno ni el otro estaban en sus habitaciones. Yo me volvía, cuando a través de la verja los descubrí en el jardín. El señor don Eduardo cogía flores y hacía un ramillete cuando me acerqué a él. Nos saludamos y estuvimos hablando mucho rato de…
—¿De quién?
—De usted, señora, casi todo el tiempo; porque ese señor es el hombre más curioso que he visto en mi vida. Todo lo quiere saber; si usted lee de noche, qué libros lee, si usted escribe, si le gustan más las violetas que los jacintos, si usted misma cuida de sus pájaros, si… ¡qué sé yo cuántas cosas!
—¿Y de todo eso hablaron hoy?
—De todo eso.
—¿Y de la salud de él no hablaste nada, tontuela?
—¡Pues! Tonta sería si le hubiese preguntado sobre lo mismo que estaba viendo con mis ojos.
—¿Viendo?
—¡Sólo que estuviese ciega! Me parece que hoy cojea más que ayer, que fue el primer día que salió al patio; y a veces al asentar la pierna izquierda se conoce que sufre horriblemente.