Amalia

Amalia

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—¿Belgrano? Estás loca, Luisa.

—No, señora, estoy en mi juicio.

—Explícate entonces.

—Es muy fácil. Esta mañana cuando fui a saber de la salud del enfermo, llevaba las copitas para limpiarlas, y como ese señor es tan curioso, quiso saber de quién y para qué eran, y luego que le dije la verdad, las tomó, se puso él mismo a limpiarlas, y ahora recuerdo que mientras su criado traía agua, él las puso junto a una planta de jacintos. En esto fue que sentí la campanilla, vine, y olvidé las copitas.

—¿Ves? —dijo Amalia, sin saber lo que decía, pues mientras sus dedos de rosa y leche jugaban con las alas de sus pájaros, su imaginación se había preocupado de mil ideas diversas, y que sólo Dios y su espíritu podrían explicarnos, al escuchar la sencilla relación de Luisa.

—Ves, ¿qué, señora? —insistió ésta—. Si el señor don Eduardo no hubiera sido tan curioso, yo no hubiera olvidado…

—Luisa.

—Me va usted a retar por otra cosa.

—No… oye… ¿qué hora es?

—Las once.

—Bien, irás a decir al señor Belgrano que dentro de media hora tendré mucha satisfacción en recibirlo, si le es posible llegar hasta el salón.


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