Amalia

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Nuestro don Cándido no esperó oír por segunda vez esta amenaza, y se puso abatir las manos sin saber lo que aquella pantomima significaba.

Luego que el desconocido comprendió que no tenía armas en las manos, se lanzó sobre él, y poniéndole al pecho la punta del cuchillo:

—Confiéseme usted —le dijo— por cuál de ellas viene, o le clavo contra la pared.

—¿Yo?

—Sí, usted.

—¿Por cuál de ellas?

—Sí, ¿viene usted por Andrea?

—¿Por misia Andreíta?… ¡Señor!…

—Acabe usted, ¿viene por Gertrudis?

—Pero señor, si yo no conozco a misia Gertrudis ni a misia Andrea, ni a su digna y respetable familia ni…

—Confiese; confiese, o le mato.

—Confiéseme usted por cuál de ellas viene, o le astillo el cráneo —dijo junto al desconocido la voz de un hombre que con una mano le tenía sujeto por el brazo derecho, y con la otra martillaba suavemente en la cabeza con una cosa durísima y pesada; hombre que, como se comprende, no era otro que nuestro Daniel, que había presenciado tranquilo la cómica escena entre el desconocido y don Cándido, hasta que vio llegado el momento de tomar parte en ella para darla fin.


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