Amalia

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III. Treinta y dos veces veinticuatro

—¡Despacio, Daniel, más despacio, porque me ahogo! —dijo don Cándido al llegar a la esquina de la calle de Chacabuco.

—Adelante, adelante —le contestó Daniel, doblando por esa calle, tomando en seguida la de San Juan, y enfilando luego la de las Piedras.

—Bien —dijo entonces Daniel, acortando el paso—, ya hemos maniobrado en cuatro calles, y es demasiado gordo el buen fraile para que no hubiera reventado ya, en caso de que el diablo le hubiera hecho salir por la bocallave de la puerta.

—¡Qué fraile!; ¡Daniel, qué fraile! —exclamó don Cándido, aspirando todo el aire que podía caber en sus pulmones, y apoyándose, al caminar, en su inseparable caña de la India.

—¡Oh, mi buen amigo, usted no lo conoce todavía!

—Y Dios me libre de conocerlo jamás.

—¿Un sacerdote con cuchillo, eh?

—Sí, Daniel; pero convendrás en que nos hemos portado maravillosamente.

—¡Pues!

—Yo me he desconocido.

—¿Cómo?

—Decía que me he desconocido.


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