Amalia
Amalia —¡Despacio, Daniel, más despacio, porque me ahogo! —dijo don Cándido al llegar a la esquina de la calle de Chacabuco.
—Adelante, adelante —le contestó Daniel, doblando por esa calle, tomando en seguida la de San Juan, y enfilando luego la de las Piedras.
—Bien —dijo entonces Daniel, acortando el paso—, ya hemos maniobrado en cuatro calles, y es demasiado gordo el buen fraile para que no hubiera reventado ya, en caso de que el diablo le hubiera hecho salir por la bocallave de la puerta.
—¡Qué fraile!; ¡Daniel, qué fraile! —exclamó don Cándido, aspirando todo el aire que podía caber en sus pulmones, y apoyándose, al caminar, en su inseparable caña de la India.
—¡Oh, mi buen amigo, usted no lo conoce todavía!
—Y Dios me libre de conocerlo jamás.
—¿Un sacerdote con cuchillo, eh?
—Sí, Daniel; pero convendrás en que nos hemos portado maravillosamente.
—¡Pues!
—Yo me he desconocido.
—¿Cómo?
—Decía que me he desconocido.
