Amalia
Amalia Reflexionando iba Daniel sobre las raras condiciones de su primer maestro, más que sobre otros asuntos de mayor importancia que lo preocupaban después de algunos días, en la vida agitada a que lo conducía su organización, a la vez que su entusiasta patriotismo. Este joven reunía dos condiciones morales, opuestas diametralmente, y que, a pesar de eso, se hallan reunidas alguna vez en un mismo individuo; es decir, había en él el talento y la circunspección de un grande hombre, y el espíritu frívolo y sutil de un joven común. Y así se le veía en las circunstancias más difíciles, en los trances más apurados, mezclar a lo serio la ironía, a lo triste la risa, y lo más grave, aquello que era la obra misma de su alta inteligencia, picarlo un poco con los alfileres del ridículo.
En este momento acababa, por ejemplo, de guardar una sentencia de muerte contra su vida en los treinta y dos papelitos que llevaba en su pecho, pues cualquiera que fuese el objeto que se proponía con ellos, el mismo misterio que encerraban habría sido en aquella época un asunto de pena capital. Y, sin embargo, Daniel caminaba reflexionando y riéndose de don Cándido sin acordarse de tales papelitos. Organización rara; corazón frío y valiente en los peligros; débil y ardiente para el amor; imaginación altísima para las más vastas concepciones; sutil y ligera para encontrar siempre los contrastes del sello de las cosas.
