Amalia

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—La autoridad judicial, puede ser; pero la autoridad popular tiene también sus trámites muy expeditivos, y hay noventa y nueve probabilidades contra una, a que tomaría la parte del cuñado de Su Excelencia. ¿Entiende usted ahora todo lo que tiene de grave este asunto, señor González?

—Sí.

—¿Perfectamente bien?

—Sí —contestó el anciano, bajando la cabeza como avergonzado de no poder alzarla a la altura de sus derechos.

—Entonces, repito a usted, señor, que si no nace del general Mansilla el cumplimiento de su obligación, no se presente a la autoridad, ni lo hostilice.

—Respetaré ese consejo —dijo el anciano, algo pálido y descompuesto su rostro, al descubrir en las palabras de Daniel cierta reserva que no podía menos de alarmarle, en aquella época en que la confianza y la seguridad estaban expirando, y comenzando a nacer la incertidumbre y el terror.

—Si no es un consejo, a lo menos es una opinión de un buen amigo.

—Gracias, señor Bello, gracias. Yo respeto mucho la opinión de los hombres de bien, sean viejos o jóvenes. Los ciento cuarenta y cinco mil pesos los tendrá usted la semana que viene —dijo el anciano, levantándose.


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