Amalia
Amalia —Sí: a las once; me llevarás también mi caballo y mi poncho.
—¿Lo he de acompañar a usted?
—Sí, vendrás conmigo a Barracas… a las once en punto.
—¿A lo de doña Florencia, señor?
—¿Y a qué otra casa, tonto? —dijo Daniel, disgustado de ver que alguien ponía en duda que sus únicas horas de recreo pudieran ser pasadas al lado de otra mujer que de aquella tan bien amada de su corazón.