Amalia
Amalia —¡Cómo lo deseo! ¡Oh no, Amalia, no! —exclamó Eduardo, aproximándose a la seductora beldad que se empeñaba en retenerlo—; no, yo pasarÃa una vida, una eternidad en esta casa. En los veintisiete años de mi existencia yo no he tenido vida, sino cuando he creÃdo perderla; mi corazón no ha sentido el placer, sino cuando mi cuerpo ha sido atormentado por el dolor; no he conocido en fin la felicidad, sino cuando la desgracia me ha rodeado. Amo de esta casa el aire, la luz, el polvo de ella, pero temo, tiemblo por los peligros que usted corre. Si hasta ahora la Providencia ha velado por mÃ, ese demonio de sangre que nos persigue a todos, puede descubrir mi paradero y entonces… ¡Oh, Amalia, yo quiero comprar con mi felicidad el sosiego de usted, como comprarÃa con toda la sangre de mi cuerpo cada momento de la tranquilidad de su alma!
—¿Y qué habrÃa de noble y de grande en el alma de una mujer, si no arrastrase también algún peligro por la salvación del hombre a quien… a quien ha llamado su amigo?
—¡Amalia! —exclamó Eduardo, tomando entusiasmado una de las manos de la joven.