Amalia

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Pero magnífica Diana para la escultura, espléndida Rebeca para el lienzo, la belleza de Agustina no estaba, sin embargo, en armonía con el bello poético del siglo XIX: había en ella demasiada bizarría de formas, puede decirse, y muy pocas de esas líneas sentimentales, de esos perfiles indefinibles, de esa expresión vaga y dulce, tierna y espiritual que forma el tipo de la fisonomía propiamente bella en nuestro siglo, en que el espíritu y el sentimiento campean tanto en las condiciones del gusto y del arte: tal era doña Agustina Rosas de Mansilla en 1840, y que entraba al baile que se describe aquí resplandeciente de belleza y de lujo. Sus brazos, su cuello y su cabeza estaban cubiertos de diamantes; y la presión que sufría su talle daba al rosado subido de su rostro una animación que sólo a las unitarias pareció chocante. Pero, habituada, la mayor parte de los que se encontraban en los salones, especialmente los hombres, a mirar en Agustina la reina de las bellezas porteñas, creyó que en esa noche conquistaba Agustina, y para siempre, aquel indisputable rango.

Su vestido era de blonda blanca sobre raso del mismo color, y su peinado a la griega daba lugar, no a que resaltasen los perfiles o la redondez de su bella cabeza, sino un lazo de diamantes que sujetaba su moño federal.


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