Amalia
Amalia —Cierto que sí; solamente que yo la llamo belleza federal.
—¿Lo que quiere decir?
—Que es una belleza con la cara punzó.
Amalia se rió.
—Ése no es un defecto, señora; ése es el color de las rosas —dijo a la señora de N…
—Usted lo ha dicho: es el color de las rosas.
—Pero en fin, ¿es una linda mujer?
—No.
—¿No?
—Es una linda aldeana, pero aldeana; es decir, demasiado rosada, demasiado gruesos sus brazos y sus manos, demasiado silvestre para el buen tono, y demasiado frívola entre la gente de espíritu.
«Está visto —dijo Amalia para sí misma— que esta señora es un tesoro en un baile; pero hay un gran riesgo en dejarse ver de ella, porque está enojada con la humanidad entera».
—Desgracia sería para usted, señora —dijo Amalia—, que Agustina supiese que tan mal trata usted a su belleza, porque, en general, las personas de nuestro sexo no perdonan ese alfilerazo.
—¡Bah! ¿Cree usted que no lo sabe? ¿Cree usted que toda esa gente no comprende de qué modo es mirada por nosotras?
—¿Por nosotras?