Amalia
Amalia El joven Daniel entraba al baile a las doce y media de la noche, pero antes de seguirlo en él, veamos lo que era y lo que hacía tres horas antes en la casa misteriosa de la calle de Cochabamba, a cuya puerta hemos visto acercarse varios individuos, dar una seña, entrar en la casa, y cerrarse luego la puerta de la calle.
Entre el lector con nosotros a esa casa, a las nueve y media de la noche, y encontraremos una reunión de hombres bien interesante, pero bien en peligro al mismo tiempo.
La sala de doña Marcelina, cuyas ventanas daban a la calle, se había convertido esa noche en campamento general. La cama matrimonial y los catres de lona de sus distinguidas sobrinas habían sido trasportados de la alcoba a la sala. Y todas las sillas de ésta, las del comedor, tres baúles, y un banco que parecía haber tenido el honor en algún tiempo de ser colocado en la portería de algún convento, estaban cuidadosamente colocados en el círculo que permitía el estrecho aposento convertido improvisadamente en sala de recepción para esa noche, estando colocada en uno de sus testeros una mesa de pino con dos velas de sebo, y delante de ella una silla que parecía la presidencia de aquel lugar.
