Amalia
Amalia »En las provincias, la Liga se ha extendido como un incendio. Tucumán y Salta, La Rioja, Catamarca y Jujuy ya no pertenecen al tirano; se han proclamado contra él, y aprontan sus ejércitos. El fraile Aldao no es bastante para sofocar la revolución, y Córdoba se plegará al primero que la amenace. Rosas tenía una esperanza en Lamadrid; Lamadrid ya no le pertenece.
—¿Cómo? —preguntaron a la vez todos los jóvenes levantándose de sus asientos, menos Eduardo, que parecía sumergido en los misterios de su corazón.
—Vais a saberlo, señores; pero, despacio, no alcéis la voz, todavía no es tiempo de dar gritos en Buenos Aires.
»He dicho la verdad: el general Lamadrid, comisionado por Rosas para apoderarse del parque de Tucumán, ha dejado que la revolución se apodere de él, y el 7 de abril se ha puesto sobre su pecho la cinta azul y blanca de la libertad, y ha pisado la ignominiosa marca de la Federación de Rosas.
—¡Bravo! ¡Bravo!
—Silencio, silencio, señores; aquí tenéis este documento, oídlo:
¡LIBERTAD O MUERTE!
Orden general del 9 de abril de 1840