Amalia

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Durante ese discurso, Daniel habíase levantado poco a poco de su asiento, y como arrebatados por la energía de sus palabras, todos los jóvenes habían hecho lo mismo. La última palabra se escapó de los labios del joven orador, y los brazos de Eduardo lo estrecharon contra su corazón.

—Mirad, señores —dijo Belgrano, paseando sus ojos por la reunión de sus amigos, y conservando su brazo izquierdo sobre el hombro derecho de Daniel—, mirad: mi semblante está bañado de lágrimas, y los ojos que las vierten habían, con la niñez, perdido su recuerdo. ¿Las adivináis? No. La sensibilidad de todos vosotros está conmovida por las palabras de mi amigo, y la mía lo está por el porvenir de nuestra patria. Yo creo en su regeneración, creo en su grandeza y su futura gloria; pero esa asociación que las ha de germinar en el Plata no será, no, la obra de nuestra generación, ni de nuestros hijos; y mis lágrimas nacen de la terrible creencia que me domina de que no seré yo ni vosotros los que veamos levantarse en el Plata la brillante aurora de nuestra libertad civilizada, porque nos falta para ello naturaleza, hábitos y educación para formar esa asociación de hermanos que sólo la grandeza de la obra santa de nuestra independencia pudo inspirar en la generación de nuestros padres.

—Sí, sí, nos asociaremos —gritaron muchos jóvenes.


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