Amalia

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—Entonces hemos hecho bastante por esta noche. Marchemos, mis amigos, mis hijos. Dios a lo menos os dará el premio que se merece la salud de vuestra conciencia.

—Vamos, señor —dijeron los dos jóvenes, pasando a la sala con aquel hombre que parecía tener sobre ellos una influencia moral ejercitada desde mucho tiempo[74].

Él mismo dio su brazo a Eduardo, que movía su pierna izquierda con visible dificultad.

El fiel Fermín estaba sentado en la puerta de calle observando si alguien se aproximaba a la casa.

—¿Ha llegado el coche? —le preguntó Daniel.

—Hace media hora que está en la bocacalle.

El sereno acababa de cantar las once.

A una palabra de Daniel, Fermín marchó al interior de la casa y volvió con el criado de Eduardo, que hacía la centinela de retaguardia; y Eduardo, el nuevo personaje y el criado se dirigieron a la bocacalle para tomar el coche.

Una vez solo Daniel con su criado en la casa, dio en el patio un ligero silbido, y una voz meliflua, resfriada, trémula, le respondió de la azotea:

—Aquí estoy. ¿Bajo ya de esta altura frígida, sombría y terrible, mi querido y estimado Daniel?


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