Amalia

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IX. Promesas de la imaginación

—A la plaza Nueva —dijo Daniel a su cochero inglés, que hizo partir los caballos a gran trote, dirigiéndose al lugar indicado para dejar en él a don Cándido que, como se sabe, vivía a pocos pasos de allí; y luego los dos jóvenes, seguidos de sus criados, entraron en la casa de Daniel.

Por la sala de ésta iba Daniel, y ya su levita estaba desabrochada, y deshecho el lazo de su corbata, para no perder sino el muy necesario tiempo en cambiar su traje ordinario en uno de baile: que para aquella organización inquieta, para aquella existencia tormentosa, no había en el tiempo un solo minuto inútil, pues todos estaban consagrados a la actividad de su inteligencia y de su corazón.

—Piensa que no puedo seguirte a ese paso —le dijo Eduardo, que sólo con gran dificultad andaba.

—Piensa que son cerca de las doce; y que a esa hora deben entrar Amalia y mi Florencia al baile; y que yo debo estar allí para velar por ellas, y para ciertas presentaciones muy necesarias hoy —le respondió Daniel, entrando a su alcoba y desvistiéndose, mientras Fermín, que adivinaba sus pensamientos, ponía luces delante de un espejo y le preparaba un traje.


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