Amalia

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—No hay nada, mi querido Eduardo, que se explique con más facilidad que mi carácter, porque él no es otra cosa que una expresión cándida de las leyes eternas de la Naturaleza. Todo, en el orden físico, como en el orden moral, es inconstante, transitorio y fugitivo: los contrastes forman lo bello y armónico en cuanto ha salido de la mano de Dios; y en nada se ostenta más esa variedad infinita que reina en el Universo, que en el alma humana[75]. En un día, en una hora, en un minuto, Eduardo, el corazón, la inteligencia y el espíritu se modifican y cambian tan improvisamente como los colores sobre la superficie del ópalo. Al lado de un gran pensamiento, la pluma con que lo escribimos, el fuego o el libro en que tenemos fijos los ojos al meditar, la risa de un niño, el ala de un insecto, la mínima cosa hace que aparezca al lado de aquel gran pensamiento una pequeñísima idea que se apodera tanto de la mente como otra cualquiera de mayor importancia. En medio de la felicidad, cruza fugitiva una idea; el cristal de nuestra dicha se empaña un momento, y una lágrima cae al corazón en medio mismo de la embriaguez de su ventura. De la ocupación más seria se desciende instintivamente a los goces o a los pasatiempos más frívolos; y en medio de esas grandezas de alma que suelen deificar la vida de un mortal, la vulgaridad viene a poner de repente su rasgo en el grande y luminoso cuadro de esa vida. Los hombres que temen la espontaneidad de su naturaleza se cubren con el velo de la hipocresía, denso para el vulgo, trasparente para los hombres que tienen inteligencia en sus miradas. Esos hombres, eternamente graves en la expresión de su semblante, en sus discursos y en sus maneras, esos hombres mienten, o su gravedad no es efecto de la importancia filosófica de su alma, sino de una inflexibilidad de su espíritu, que los hace incapaces para la mayor parte de las situaciones de la vida, o que los hace de condición mala en la sociedad. Los que no son hipócritas, son como yo: siguen el curso de las diferentes impresiones que los rodean. Además, Eduardo, yo soy porteño; hijo de esta Buenos Aires cuyo pueblo es, por carácter, el más inconstante y veleidoso de la América; donde los hombres son, desde que nacen hasta que se mueren, mitad niños y mitad hombres, condición por la cual buscaron el despotismo por el gusto de hacer una inconstancia a la libertad. Y esto mismo lo piensas tú, Eduardo. Pero ¿quieres que yo te enseñe a profundizar el corazón humano con una sola mirada o a interpretarlo con una sola palabra que pronuncian los labios? ¿Quieres que te pruebe cómo las inteligencias más altas descienden de las ideas más sociales a un sentimiento de individualidad y de egoísmo? Pues bien, en ti mismo tengo el ejemplo.


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