Amalia
Amalia —No, Daniel, no puede ser; ella me compadece solamente.
—No; ella te ama. Tu misma situación dramática ha sido un incentivo a su corazón.
—¿Lo crees? Repítemelo ¿crees que soy amado de Amalia? —preguntó Eduardo, con esa ansiedad de los corazones locamente enamorados, que no se satisfacen jamás de oír repetir las seguridades de su felicidad.
—Lo creo, y creo más: creo que antes de un año habrá cuatro personas verdaderamente felices en Buenos Aires: Amalia y tú, Florencia y yo.