Amalia
Amalia —La que quieras.
—Que mañana te dejarás estar en cama todo el día.
—¡Diablo! ¿Y qué quieres que haga en la cama después de haber pasado en ella veinte días eternos?
—Calmar la irritación que se haya producido hoy en tus heridas. No puedes tenerte, loco; hace doce horas que andas caminando en un pie; y un amante así es lo más ridículo posible —dijo Daniel, sonriendo.
—Sí, pero es que… no se me conoce —contestó Eduardo, colorado hasta las orejas y tratando de poner muy derecha su pierna izquierda.
—¡Oh mundo! ¡Oh mundo! —exclamó Daniel, echando al aire una bendición.
—¡Vete al diablo! —dijo Eduardo, arrellanándose en el sillón.
—No; me voy al baile; y lo primero que haré será bailar en tu nombre con… ¿quieres que sea con doña María Josefa?
—Estás de un humor insoportable, Daniel.
—¡Ah! Entonces será con Amalia. ¿Te parece bien?
Eduardo extendió la mano y apretando muy fuerte la de su amigo, le dijo:
—Para Amalia.