Amalia
Amalia —Brindo, señores —dijo Salomón—, porque nuestro Ilustre Restaurador de las Leyes viva toda la vida, para que no muera nunca la Federación, ni la América, y para que… y para que… en fin, señores, viva el Ilustre Restaurador de las Leyes; su ilustre hija que hoy ha nacido; y mueran los salvajes unitarios, y todos los gringos y carcamanes del mundo.
Todos aplaudieron federalmente la improvisación de aquel digno apoyo de la santa causa. El mismo ministro británico, como también el cónsul sardo, no pudieron menos de admirar la espontaneidad de aquel discurso, y dejaron los cálices vacÃos del espumoso champaña que contenÃan.
Sólo habÃa una persona que nada comprendÃa de cuanto allà pasaba; o dicho de otro modo: que no comprendÃa que en parte alguna de la tierra pudiese acontecer lo que aconteciendo estaba: y esa persona era Amalia.
Amalia estaba aturdida. Sus ojos se volvÃan a cada momento hacia Daniel, y sus miradas, esas miradas de Amalia que parecÃan tocar los objetos y descansar sobre ellos, le preguntaban con demasiada elocuencia: «¿Dónde estoy, qué gente es ésta; esto es Buenos Aires, ésta es la culta ciudad de la República Argentina?». Daniel la contestaba con ese lenguaje de la fisonomÃa y de los ojos que le era tan familiar: «Después hablaremos».