Amalia
Amalia En efecto, Manuela hizo a Amalia un elegante saludo con su copa, que en el acto fue contestado con no menos buen tono por la bellísima tucumana.
—Señores —dijo el comandante y redactor Mariño, que de cuando en cuando giraba sus oblicuas miradas hacia Amalia— ¡por el grande héroe de la América, por su inmortal hija, por la muerte de todos los salvajes unitarios, sean gringos o nacionales, y por las bellas de la República Argentina! —y los ojos de Mariño dieron media vuelta por delante de Amalia.
Era ya necesario gritar mucho para hacerse oír. Los generales Rolón y Pinedo consiguieron, después de grandes esfuerzos, el hacer entender su brindis. El coronel Crespo tuvo que ponerse sobre su silla para llamar la atención sobre sus palabras. Pero la voz potente del coronel Salomón dominó de repente la algazara y dijo:
—Señores, me manda decir la ilustre hermana de su Excelencia nuestro padre, la señora doña Mercedes, que pida un momento de silencio al entusiasmo federal, porque va a leer unos versos que ha compuesto.
El silencio se estableció súbitamente. Todas las miradas se dirigieron a la poetisa.
La Safo federal daba un papel a su marido, colocado a sus espaldas como era su costumbre.