Amalia

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XII. Después del baile

Mientras Daniel estaba en la mesa, la señora doña Agustina Rosas de Mansilla de nuevo había restablecido sus reales sobre los vestidos, alhajas y demás de su nueva amiga, como ya la llamaba; y no había separádose de ella sin prometerle muchas visitas, esperando, decía, que su íntima amiga la señorita Dupasquier la acompañase en ellas.

Manuela Rosas no había hecho preguntas, ni ofrecido visitas, pero estaba inspirada de sincero cariño por Amalia, y deseaba que la casualidad la ofreciera el momento de estrechar su relación con ella.

Algunos minutos después que Amalia, Florencia y Daniel habían salido del baile, el coche paraba a la puerta de la casa de madama Dupasquier, calle de la Reconquista.

Luego de dejar a Florencia, a cincuenta pasos de su casa, paróse el coche junto a otro en la misma calle de la Reconquista. De este último bajó Eduardo Belgrano, a tiempo que Daniel descendió del de Amalia. Ambos jóvenes se cambiaron algunas palabras, y en seguida Daniel subió a su coche, que era aquel en que Eduardo había estado esperándolo, y éste fue a ocupar el lugar de su amigo al lado de la hermosa Amalia.

El carruaje de ésta, cuyo cochero no era otro que el viejo Pedro, teniendo por lacayo al criado de Belgrano, siguió al trote de los caballos la empedrada calle de la Reconquista en dirección a Barracas.


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