Amalia
Amalia Y diciendo esto, se dirigió al gabinete, pestañeando rápidamente para enjugar con los párpados una lágrima que, al ver las de su amigo, había brotado de la exquisita sensibilidad de este joven, que más tarde haremos conocer mejor a nuestros lectores.
—Daniel —le dice Amalia al entrar al gabinete, parada y apoyando su mano de alabastro sobre la mesa de mármol negro—, yo no sé qué hacer, tú y tu amigo estáis cubiertos de sangre, necesitáis mudaros, y yo no tengo más trajes que los míos.
—Que nos sentarían perfectamente, si nos dieses también un poco de la belleza que te sobra, mi hermosa prima. No te aflijas; dentro de un rato tendremos vestidos, tendremos todo. Por ahora, ven acá.
Y llevando a su prima a un pequeño sofá de damasco punzó, la sentó a su lado y continuó:
—Dime, Amalia, ¿cuáles son los criados en que tienes una perfecta confianza?
—Pedro, Teresa, una criada que he traído de Tucumán, y la pequeña Luisa.
—¿Cuáles son los demás?
—El cochero, el cocinero, y dos negros viejos que cuidan de la quinta.
—¿El cochero y el cocinero son hombres blancos?
—Sí.