Amalia

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II. Conferencias

Daniel dejó su capa, su sobretodo y sus pistolas en una pequeña antesala, arregló un poco su cabello, y pasó a la sala donde el señor Martigny, al lado de la chimenea, leía algunos periódicos.

Los ojos del agente francés, joven aún y de una fisonomía distinguida, estudiaron por algunos segundos la inteligente y expresiva de Daniel, pálida y ojerosa entonces, y no pudo menos de revelar cierta sorpresa que no pasó inapercibida de Daniel: éste quiso entonces dar su primer golpe sobre el espíritu del señor Martigny, y al cambiarse con él un apretón de mano, le dijo en perfecto francés, sonriéndose, mostrando bajo sus labios gruesos y rosados sus hermosos y blanquísimos dientes:

—Os sorprendéis, señor, de hallar tan joven a vuestro viejo corresponsal, ¿no es así?

—Pero esa sorpresa cede el lugar a la que me causa vuestra penetración, señor… Perdonad que no os dé vuestro nombre: pues que para mí es un misterio aún.

—Que dejará de serlo en el momento, señor: las cartas podían comprometerme; las palabras fiadas a vuestra circunspección, de ningún modo; mi nombre es Daniel Bello.

El señor Martigny hizo un elegante saludo, y él y Daniel sentáronse junto a la chimenea.


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