Amalia

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—Sí, señor Varela: el anciano don Martín Viñales, antiguo alcalde de la hermandad en Lobos, ha sido fusilado en Buenos Aires el día 15 del corriente, sin decirse por qué; pero las causas de las prisiones y de ese nuevo crimen las tenéis establecidas en toda mi correspondencia desde el mes de mayo, porque desde esa fecha, señores, no lo dudéis, ha comenzado para nuestro país la época que alguna vez se llamará del Terror[83], sigue su curso a medida que los acontecimientos políticos siguen el suyo, y dará sus últimos y terribles resultados cuando los sucesos se lo aconsejen a Rosas.

—Luego ¿está apurado? —preguntó Varela.

El señor Agüero meneó afirmativamente la cabeza, sin quitar los ojos del fuego, y haciendo circulitos en el aire con su bastón.

Aquella afirmativa no se escapó a Daniel, y dijo:

—No, señores, el cuerpo político de su gobierno se siente en mayor espacio, y por eso obra en aquel sentido. He llegado a comprender por vuestros periódicos, que estáis persuadidos de que Rosas hará mayor el número de sus víctimas a medida que sea mayor el peligro que lo amenace, y debo deciros que estáis equivocados.

El señor Agüero miró a Daniel: la palabra «equivocados» le sentó mal. El señor Martigny admiraba cada vez más en Daniel el tono de firme convicción con que expresaba sus ideas.


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