Amalia
Amalia —Pero lo que decís, señor Bello —respondió Varela, algo serio—, es incompatible con el patriotismo de nuestros compatriotas y, sobre todo, con la situación terrible que pesa sobre ellos, y de la que desean libertarse.
—Señor Varela, yo creo que voy a tener el disgusto de dejaros recuerdos desagradables míos, pero prefiero esto a la ligereza de hablar lo que no es cierto; en asuntos tan graves, ¿me permitiréis que os diga la verdad aun cuando ella lastime vuestras más bellas esperanzas?
—Hablad, señor Bello.
—Pues bien, señor, en nuestro Buenos Aires no se moverán los hombres, sino cuando sientan, positivamente hablando, el ruido de las armas libertadoras contra las puertas de sus casas, o cuando un centenar de hombres decididos, que puede haber quedado aún, vaya de casa en casa sacando por la fuerza a los ciudadanos para que contribuyan a la defensa de ellos mismos y de su patria.
—¡Oh! Pero eso es increíble, señor —replicó Varela, mientras que el señor Agüero hacía violentos círculos con su bastón, siendo ya su impaciencia más poderosa que su sangre fría.