Amalia
Amalia —En bien pocas palabras, señor. Si el general Lavalle se distrae en el interior de la provincia, corre un gran riesgo su empresa; si se viene inmediatamente sobre la ciudad, si la ataca, si busca el combate a muerte con Rosas en las mismas calles de Buenos Aires, tiene entonces toda la probabilidad del triunfo: primero, porque Rosas no tiene un ejército de línea en la ciudad; segundo, porque la sorpresa y la presencia de los libertadores provocará la reacción pública desde que cada hombre vea, a no dudarlo, que allí está Lavalle y que no tiene para reunírsele el peligro de la delación y el aislamiento. Y si esta operación puede ser combinada con un desembarco simultáneo de orientales o de argentinos emigrados, la probabilidad del triunfo asciende entonces al grado de certidumbre. Ved ahí mis ideas, señor, ved ahí el objeto principal de mi viaje: revelaros la situación de nuestro país, desvaneceros muy bellas esperanzas, dándoos, en cambio, hechos y seguridades importantes. Ahora yo me vuelvo a mi Buenos Aires, a que los sucesos me aconsejen la conducta que yo y algunos pocos amigos debemos seguir en ellos. Quizá no nos volveremos a ver… ¡quién sabe! La vida de nuestra patria está en su momento de crisis: si triunfan nuestras armas, seré el primero, señor Varela, en daros un abrazo; si son desgraciadas, nos veremos alguna vez en el cielo —dijo Daniel, con una sonrisa llena de candor, que no pudo, sin embargo, cubrir la melancolía que bañó en ese momento su semblante.