Amalia
Amalia —¿Y usted vio alguna novedad en la casa?
—No, señora, ninguna.
—¿Y sintió usted algo en la noche?
—No, señora, nada.
—¿Qué criados quedaron con ella cuando usted y el cocinero salieron?
—Quedó don Pedro.
—¿Quién es ése?
—Es un soldado viejo que sirvió en las guerras pasadas, y que ha visto nacer a la señora.
—¿Quién más?
—Una criada que trajo la señora de Tucumán, una niña, y dos negros viejos que cuidan de la quinta.
—Muy bien: en todo eso me ha dicho usted la verdad; pero, cuidado, mire usted que le voy a preguntar una cosa que importa mucho a la Federación y a Juan Manuel ¿ha oído?
—Yo siempre digo la verdad, señora —contestó el paisano, bajando los ojos, que no pudieron resistir la mirada encapotada y dura con que acompañó doña María Josefa sus últimas palabras.
—Vamos a ver; en los cinco meses que usted estuvo en casa de doña Amalia ¿qué hombres entraban de visita todas las noches?
—Ninguno, señora.
—¿Cómo ninguno?