Amalia

Amalia

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

—El 4 de mayo, a las cinco de la tarde, recibí una carta de este caballero en que me anunciaba que esa noche dejaría Buenos Aires. «Entró en la moda», dije para mí; pero, como yo tengo algo de adivino, empecé a temer alguna desgracia. Fui a su casa; nada, cerrada la puerta. Fui a diez o doce casas de amigos nuestros; nada tampoco. A las nueve y media de la noche ya no podía estar en casa de esta señora, primera vez de mi vida en que he pecado contra el buen gusto. Me salí, pues, exponiéndome… exponiéndome, etc., esta señorita concluirá mi frase. Salí, pues, y fui a dar por las barrancas de la Residencia en donde vive cierto escocés amigo mío, que parece ha hecho sociedad con Rosas en cuanto a querer dejarnos sin hombres en Buenos Aires: él llevando unos a Montevideo, y Rosas mandando otros a otra parte. Pero mi escocés dormía como si estuviese en sus montañas, esperando a que viniese a describirlo Walter Scott. Esa noche era de asueto para él. ¿Qué hacer entonces? Acudí a la lógica: nadie se embarca sino por el río; es así que Eduardo va a embarcarse, luego por la costa del río puedo encontrarlo; y después de este silogismo que envidiaría el señor Garrigós, que es el más lógico de nuestros representantes, bajé la barranca y me eché a andar por la costa del río.

—¡Y solo! —exclamó Florencia, empezando a palidecer.

—¡Vaya! Si no, me callo.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker