Amalia

Amalia

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—Cierto, ésa era la única seña que ella tenía del escapado en los asesinatos del 4 de mayo. Ella no ha podido venir a esta casa sin algún fin siniestro. Desde el momento de llegar ha examinado a Eduardo de pies a cabeza; sólo a él se ha dirigido, y cuando ha comprendido que todos le cortábamos la conversación, ha querido, de un solo golpe, descubrir la verdad, y ha buscado el miembro herido para descubrir en la fisonomía de Eduardo el resultado de la presión de su mano. Sólo el demonio ha podido inspirarle tal idea, y ella va perfectísimamente convencida de que sólo habiendo oprimido una herida mal cerrada aún, ha podido originar en Eduardo la impresión que le hizo, y que ha devorado con placer.

—Pero, ¿quién ha podido decírselo?

—No hablemos de eso, mi pobre Amalia. Yo tengo perfecto conocimiento de lo que acabo de decir, y sé que ahora estamos todos sobre el borde de un precipicio. Entretanto, es necesaria una cosa en el momento.

—¿Qué? —exclamaron todas las señoras, que estaban pendientes de los labios de Daniel.

—Que Eduardo deje esta casa inmediatamente y se venga conmigo.


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