Amalia
Amalia —Ante todas cosas, ¿ha sucedido algo?
—Nada, pero ven al cuarto de Nicolasa.
—¿Es usted quien va a hablarme ahí?
—Yo, yo mismo.
—Malo.
—Cosas muy serias.
—Peor.
—Ven, Daniel.
—Con una condición.
—Impón, ordena.
—Que la conversación no pasará de dos o tres minutos.
—Ven, Daniel.
—¿Acepta usted?
—Acepto, ven.
—Vamos allá.
Y Daniel, llevado por la mano de su antiguo maestro, entró al cuarto de la provinciana sirvienta de él, y sentóse sobre una vieja silla de vaqueta.
Don Cándido se paró a su lado, y extendiendo el brazo dijo:
—Tómame el pulso, Daniel.
—¿Yo?
—Sí, tú.
—¿Y qué diablo quiere usted que haga yo con su pulso?