Amalia
Amalia —Y ese fenómeno no tendría lugar si él y yo no tuviésemos organizaciones idénticas, iguales, igualmente impresionables.
—¿Conque cuatro cajones de onzas, a bordo de la Acteon?
—Cuatro cajones.
—¿Y que tiene miedo?
—Miedo, eso fue lo que dijo.
—¿Y el señor Arana, no dijo alguna cosa relativa a él?
—Claro está que dijo, porque el señor ministro tiene una lógica tan concluyente como la mía: «Es preciso que pensemos también en nosotros, amigo mío —le dijo a Garrigós—. Nosotros no hemos hecho mal a nadie; al contrario, hemos hecho todo el bien que hemos podido; pero será bueno que tratemos de embarcarnos inmediatamente que el señor gobernador lo haga». Y esto es lógico, Daniel: así como yo digo que si siento que el ministro se embarca, me embarco yo, aunque sea por el Riachuelo, y para ir a la isla de Casajema.
—¿Y Garrigós dijo algo?
—Fue de distinta opinión.
—¿Opinaba él quedarse?