Amalia
Amalia —Vamos, pero hasta la puerta del gabinete solamente, porque yo soy el médico del alma de este hombre, y sabe usted que los médicos tienen siempre que hablar solos con sus enfermos.
—¡Ah, Daniel!
—¿Qué hay, señor?
—Nada, entra; pasa adelante; yo me voy a la sala —dijo don Cándido al entrar Daniel al lugar clasificado de gabinete, y volviendo sobre sus pasos.
—Buen día, mi querido Eduardo —dijo Daniel a su amigo, sentado en la vieja poltrona de don Cándido, delante de su mesa de escribir.
—Bien podías haberme tenido hasta mañana en esta maldita cárcel sin saber una palabra de nadie —dijo Eduardo.
—¡Ah! ¿Empezamos por reconvenciones?
—Me parece que tengo razón: son las diez de la mañana.
—Cierto, las diez.
—Y bien, ¿qué es de Amalia?
—Muy buena está, gracias a Dios, pero no gracias a ti, que haces todo lo posible porque lo pase mal.
—¿Yo?
