Amalia

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XVI. Todos comprometidos

Una hora después, el soberbio alazán que había llegado a la quinta a gran galope, volvía paso a paso en dirección a la ciudad, llevando a su dueño, no con la cabeza erguida y los ojos vivísimos como una hora antes, sino con la cabeza inclinada al pecho y casi cerrados sus hermosos ojos.

Al verlo así, cualquiera diría que era un joven indolente, cuya organización voluptuosa salía a gozar de los rayos acariciadores del sol de agosto en aquel riguroso invierno de 1840, prefiriendo el paseo a caballo, para no poner sus delicados pies sobre las húmedas arenas de Barracas.

Pero lo cierto era que Daniel no se acordaba si estaba en invierno o en verano, ni gozaban solaz alguno sus sentidos ni su espíritu.

Dominado por sus propias ideas, Daniel iba en abstracción completa de cuanto le rodeaba; meditando sobre cuanto medio le sugería su fecunda imaginación para ver de encontrar aquel que le hiciese señor de la difícil situación en que se hallaban las personas cuya suerte le estaba casi exclusivamente confiada. Situación que le mortificaba, tanto más cuanto que por ella se veía distraído a cada momento de los sucesos públicos a que quería consagrar toda la actividad de su espíritu.


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