Amalia

Amalia

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—Ya le he dicho a Su Merced que se han ido anteayer, y que han de estar por ahí no más. Y los vi salir. Doña Amalia montó en el coche llevando de cochero al viejo Pedro, y de lacayo al mulato que la servía. Junto con doña Amalia subió la muchacha Luisa. Y después se bajó del coche doña Amalia, abrió las piezas y volvió a salir y subir al coche trayendo dos jaulas de pajaritos. Nada han llevado; y aquí no hay sino los negros viejos que están durmiendo en la quinta.

Restablecióse el silencio y uno de aquellos tres misteriosos personajes volvió a correr de puerta en puerta, de ventana en ventana, a ver si descubría alguna luz, si percibía algún ruido que le indicase la existencia de alguien en aquella mansión desierta y misteriosa.

Pero todo era en vano: él no oía sino el eco de sus propios pasos, y el murmullo de los grandes álamos de la quinta, mecidos por la recia brisa de aquella noche de invierno oscura y fría.

Por un momento esa especie de fantasma alzó su mano en actitud de descargar un golpe sobre los cristales de una de las ventanas de la alcoba de Amalia, pero la bajó; y volvió al lugar en que estaba su compañero y la persona que les había dado los informes que se conocen.

—Señor comandante, sabe Usía que la escolta marcha hoy muy temprano, y ya es la madrugada.


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