Amalia
Amalia Todo, menos el hombre, iba a armonizarse allí con ese lazo etéreo entre la Naturaleza y su Creador, que se llama la luz. Los arrogantes potros de nuestra pampa sacudirían en aquel momento su altanera cabeza, haciendo estremecer la soledad con su relincho salvaje. Nuestro indomable toro correría, arqueando su potente cuello, a apagar su sed nunca saciada, en las aguas casi heladas de nuestros arroyos. Nuestros pájaros meridionales, menos brillantes que los del trópico, pero más poderosos unos y más tiernos otros, saltarían desde el nido a la copa de nuestros viejos ombúes, o de nuestros erizados espinillos, a saludar los albores primitivos del día; y nuestras humildes margaritas, perdidas entre el trébol y la alfalfa esmaltada con las gotas nevosas de la noche, empezarían a abrir sus blancas, punzóes y amarillas hojas, para tener el gusto, como la virtud, de contemplarse a sí mismas a la luz del cielo, porque la luz de la tierra no alcanza ni a las unas ni a la otra. Toda la Naturaleza, sí, menos el hombre. ¡Porque llegado era el momento en que la luz del sol no servía en la infeliz Buenos Aires sino para hacer más visible la lóbrega y terrible noche de su vida, bajo cuyas sombras se revolvían en caos las esperanzas y el desengaño, la virtud y el crimen, el sufrimiento y la desesperación!…
El silencio era sepulcral en la ciudad.