Amalia
Amalia «En virtud del descubrimiento del feroz, inicuo y salvaje plan de asesinato premeditado por los parricidas, reos de lesa América, traidores Manuel Vicente y su hijo espúreo Ramón Maza, vendidos al inmundo oro francés», decía uno. Otro le hacía coro, repitiendo: «Esté bien convencido Vuecelencia de que el Dios de los ejércitos protege la causa de la justicia, poniendo en descubierto los planes infernales de los traidores sobornados por un vil interés, como sucede con el traidor sucio, inmundo y feroz, Manuel Vicente Maza y su hijo bastardo».
Las felicitaciones, vaciadas todas en el molde de las anteriores, se desgranaban de la inmensa Mazorca de la Federación, y centenares de páginas no podrían abrazar en sus millones de tipos todo el palabreo inmundo de esa época, y fue preciso abrir válvulas en cada parroquia de la ciudad, para que el entusiasmo popular no hiciese reventar el pecho de los federales; y de aquí las fiestas parroquiales, cuya bacanal debía celebrarse en los templos.
El asesino fue deificado, y el asesinato bendecido, no sólo en la ciudad, sino en la campaña.
Del día del delito, se decía en la cátedra del Espíritu Santo: