Amalia
Amalia —Yo transmitiré a mi gobierno las poderosas observaciones del señor gobernador delegado —contestó el señor Mandeville, cuyo espíritu, no estando avasallado por don Felipe como lo estaba por Rosas, podía medir a su antojo la diplomacia y la elocuencia del antiguo campanillero de la Hermandad del Rosario.
—Si fuera dable que yo tomase parte en este asunto, yo diría al señor gobernador cuál es, en mi opinión, la política que ha creído conveniente seguir en los negocios del Plata el gabinete de Saint James —dijo Daniel, con un tono tan humilde y tan comedido que acabó de encantar a don Felipe, que no deseaba otra cosa sino que alguien hablase cuando él tenía que hacerlo.
—Las opiniones de un joven tan aventajado como el señor Bello deben ser oídas siempre.
—Mil gracias, señor Arana.
El señor Mandeville fijó sus ojos en la fisonomía de aquel joven cuyo nombre le era conocido, y se dispuso con toda su atención a escucharlo.
—Es muy probable que a la fecha en que estamos, el señor Palmerston esté en posesión de un documento muy grave de la actualidad: me refiero al protocolo de una conferencia tenida el 22 de junio de este año entre la comisión argentina y el señor Martigny. ¿El señor Mandeville sabe algo de este documento?