Amalia
Amalia Por más que apresuró sus pasos el cura Gaete para entrar a casa de Arana antes que el jefe de Policía, no pudo, desgraciadamente, conseguirlo; y este último atravesó el patio y llegó al gabinete del gobernador delegado, mientras el cura de la Piedad, que tenía sus motivos para no querer hablar con Arana delante de Victorica, entró en el salón a hacer sus cumplimientos federales a la señora doña Pascuala Arana, señora sencilla y buena, que no entendía una palabra de las cosas públicas y que era federal porque su marido lo era.
—¿Qué novedades hay, señor Victorica? —preguntó Arana al jefe de Policía, después de haberse ambos cambiado los cumplimientos de estilo, y de haber hecho señas a don Cándido para que continuase escribiendo, pues nuestro amigo había dejado pluma y silla y se deshacía en cortesías a Victorica.
—Ninguna en la ciudad, señor don Felipe —contestó Victorica, sacando y armando un cigarrillo de papel, cuidándose poco de los respetos debidos al Excelentísimo señor gobernador delegado.
—Y ¿qué le parece a usted Lavalle?
—¿A mí?
—¡Pues! ¿Qué le parece a usted cómo viene para adelante?
—Lo extraño sería que fuese para atrás, señor don Felipe.
