Amalia
Amalia —Y sobre todo —continuó Daniel—, el servicio va a ser terrible. Es probable que el ejército tenga que andar por toda la República; y tú no estás acostumbrado a tales fatigas. Has nacido en la estancia de mi padre y te has criado a mi lado con todas las comodidades posibles. Yo creo que nunca te he dado que sentir.
—¡Qué sentir, señor! —dijo FermÃn con lágrimas en los ojos.
—Te tengo a mi servicio inmediato, porque deposito en ti una completa confianza. Tú eres en mi casa el amo de mis criados, gastas cuanto dinero quieres; y yo creo que nunca te he reconvenido ¿no es verdad?
—Es verdad, señor.
—Nunca hago venir un caballo para mÃ, sin pedir a mi padre otro para FermÃn y hay pocos hombres en Buenos Aires que no tengan envidia de los caballos que montas. Asà es que tendrÃas que sufrir mucho si te separasen de mi lado.
—Yo no sirvo, señor. Primero me hago matar que dejar a usted.
—¿Y te harÃas matar por mà en cualquier trance apurado en que yo me encontrase?
—¿Y cómo no, señor? —contestó FermÃn con el acento más cándido y sincero de un joven de dieciocho años, y que tiene en su pecho esa conciencia de su valor que parece innata a los que han respirado con la vida el aire de la pampa.