Amalia
Amalia Pero no bien nuestro secretario privado tuvo un pie en la vereda, y otro sobre el alto escalón de la portería del convento, cuando una mujer, con sus gruesos rizos negros en completo desorden, y cuyo gran pañuelo de merino blanco con guardas rojas arrastraba la punta de su ángulo cuatro o seis dedos más abajo de la falda del vestido, le tomó el brazo y exclamó:
—¡Ah, qué felicidad! Son los dioses del Olimpo los que me han conducido por esta senda. ¡Oh! Ya no tenemos que temer del hado, pues que he hallado a usted.
—Señora, usted se equivoca —dijo don Cándido, estupefacto—, yo no tengo el honor de conocer a usted, ni creo que usted me conozca a mí, a pesar del hado y de los dioses del Olimpo.
—¡Que no os conozco! Vos sois Pílades.
—Yo soy don Cándido Rodríguez, señora.
—No, vos sois Pílades; como Daniel es Ulises.
—¿Daniel?
—Sí. ¿Ahora se hace usted el que no me conoce? Yo soy la señora doña Marcelina, en cuya casa hizo usted parte de aquella estupenda tragedia en que…
—¡Señora, por el amor de todos los santos, cállese usted que estamos en la calle!
—Pero hablo despacio, apenas me oye usted mismo.
