Amalia
Amalia Los sucesos de la Europa llegaban furtivamente, pero al fin llegaban hasta ellos. Algunos libros del siglo XVIII, algunos debates de la Convención francesa, algunos periódicos de la República se escurrían de contrabando entre las mercaderías con que la madre España suplía a las primeras necesidades de sus hijos; y las ideas, primera semilla de las revoluciones, iban formando y dando nociones exactas a los hombres capaces, sí, pero desapercibidos de las colonias.
La conciencia estaba hecha; el convencimiento estaba hecho; los instintos eran uniformes; no faltaba sino la decisión y la oportunidad.
La Revolución Francesa se encargó de ella.
Fernando VII es arrebatado de su pueblo. El trono español queda vacío. Las provincias del reino se dan sus gobiernos respectivos, o más bien, se gobiernan como pueden entre la tormenta que las sacudía; la capital del virreinato de Buenos Aires quiere darse también sus gobernantes; y bajo ese pretexto que las circunstancias le ofrecían, pronuncia la primera palabra de su libertad, el 25 de Mayo de 1810.
Ese movimiento fue el iniciador de la Revolución; y con ésta, la revolución del continente.